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jueves, 13 de febrero de 2014

Rabietas de febrero, o de la fragilidad

Mamá ha retomado la costumbre de ir a su escuela tranquilamente en tren, mientras yo estoy en la mía. Dice que eso le permite tener un tiempo para meditar mejor en lo que sucede antes y después. Y esta noche, al volver a casa, me contaba que en realidad los niños mayores de su escuela no se diferencian tanto de los bebés de mi clase: todos invariablemente quieren  sentirse únicos y que se les trate como tales, por más que eso sea difícil en lugares donde han de cubrirse muchas necesidades a la vez. De sentirse frustrados en esas expectativas, se enfadan y ponen cara de plátano, digo, de palo. Todo por no atreverse a llorar como bebés. Así sería más fácil entenderlos, creo yo.

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